La práctica y la vida

Tratar de huir nunca es la respuesta
para ser completamente humano

Pema Chödrön

Si he de escoger uno de los malentendidos sobre la práctica de mindfulness que más me incomoda, sin duda es este: el que se piense que la atención plena es una forma de “relajación”, o peor, una vía de escape.

Me encuentro con esta idea a menudo. Entiendo que surja en personas ajenas al campo de la Psicología, ya que esto es lo que se ve desde fuera: alguien aparentemente tranquilo, atento, observando fenómenos como la respiración o las emociones, en una actitud pasiva que subraya quizá la falta de arrojo a la hora de “coger el toro por los cuernos” y resolver alguno de los múltiples asuntos que, seguro, hay por resolver.

El propósito de la práctica de mindfulness es, sin embargo, el contrario. Se trata más bien de una forma exposición, es decir, de una manera segura de afrontar situaciones que el practicante tiende a evitar. Su fin último, desde una perspectiva secular es, más bien, alcanzar un cierto equilibrio de la mente que ayude a tomar mejores decisiones en el medio y largo recorrido. Es decir, no niega la importancia de nuestras acciones sino que, más bien, la subraya. El mensaje se podría resumir en algo así como: “Lo que haces es importante y tendrá consecuencias relevantes en tu vida. ¿Desde dónde quieres actuar? ¿Desde la ansiedad o la ira, o desde la calma y la amabilidad?”.

¿Desde dónde quieres actuar? ¿Desde la ansiedad o la ira, o desde la calma y la amabilidad?

Sucede habitualmente, sobre todo en los inicios de la práctica, que se confunde el “estado” de serenidad que se alcanza tras su ejercicio, con el cambio en el carácter o “rasgo”, en el lenguaje de la Psicología, que se persigue a largo plazo. Lo primero es un medio para, con el tiempo, ir transformando lo segundo. Y es un medio gustoso, placentero a menudo —aunque también difícil, a veces—. Buscamos con frecuencia recuperar el “sabor” de una práctica agradable, y es comprensible y puede ser incluso útil (se trata de un placer saludable, al fin y al cabo). Pero no se trata del fin último, y es necesario tenerlo en cuenta.

En última instancia, se busca ir moldeando el carácter hacia una mayor ecuanimidad, amabilidad, aprecio y altruismo, con la idea de que estas cualidades son las que conducen a un bienestar duradero, menos dependiente de las circunstancias externas o incluso totalmente independiente de ellas, a juicio, al menos, de la tradición contemplativa.

En este sentido, nuestras acciones tienen consecuencias. La ira que arrojemos sobre otro las tiene a buen seguro, o nuestro propio victimismo, si esa es la actitud que elegimos o a la que nos vemos abocados en un momento dado. El cuidarnos de la forma que sea adecuada en nuestras circunstancias las tiene, y el no hacerlo, también. No hay práctica de meditación que nos sustraiga de ello.

En este sentido, recuerdo el conocido estudio de 1973 de Darley y Batson sobre variables que influían en el comportamiento altruista. En él se hacían dos grupos de seminaristas. A uno de ellos se le pidió que impartiera una charla sobre el buen samaritano y al otro, sobre un tema no relacionado con la ayuda. En el camino que les aguardaba hasta el lugar donde impartirían la charla, se encontraba un hombre que tosía y se quejaba. De manera intencional, se puso a los participantes en una situación de prisa alta, media y baja. ¿Cuál fue la variable decisiva a la hora de prestar ayuda? No tanto el tipo de charla que impartirían, como la urgencia con la que se dirigían hacia el lugar donde darían su ponencia.

Parece como si el estrés nos pusiera en modo de “lucha o huida”, cerrara el foco de nuestra atención y nos impidiera “ver” al otro. Por lo tanto sí, nuestro estado mental importa, más allá del bienestar momentáneo que podamos alcanzar.

Quizá la clave está, a mi juicio, en entender ese continuo mente-cuerpo —que es lo mismo, en realidad, porque aquello que llamamos “mente” surge de nuestro cerebro, sí, pero también de nuestras tripas, nuestro sistema nervioso en su conjunto y nuestro corazón— como un proceso del que también forma parte nuestra acción. Un estado mental saludable nos llevará a una toma de decisiones más beneficiosa a medio y largo plazo. Y una acción saludable (entendida como aquella que tiene en cuenta tanto a uno mismo como a los demás) repercutirá positivamente en nuestro estado mental.

Como oí decir en una ocasión a Rinpoché Dhammasami, “La sabiduría viene de la observación, y la meditación es una forma de potenciar la observación”. Personas sabias ha habido en toda cultura y circunstancia. La meditación no es el único medio para avanzar en ese camino. Pero quizá sí lo es la observación atenta del entorno, detenida a la vez que amable y paciente. Cualidades, todas ellas, que trata de fortalecer la práctica cuando se lleva a cabo no para escapar sino, más bien al contrario, para acercarnos a eso que nos genera rechazo con el ánimo de aprender, a la vez que cuidar.

Foto: Jr Korpa.

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