La paradoja como núcleo

La práctica y la vida se van fundiendo, porque son lo mismo, a fin de cuentas. Uno de los instantes que disfruto son esos en la mañana de calidez algodonosa y ausencia de pensamientos. Percibo, en esos momentos, una sensación de espaciosidad difícil de describir. Como una potencialidad absoluta, la misma que teníamos cuando éramos niños, y todo era posible —porque nada estaba presente—. Luego, poco a poco, van surgiendo los pensamientos, como sombras subrepticias que van estructurando la realidad sin que apenas te des cuenta. Estructurar, es decir, dar forma, sostener y, a la vez, limitar.

A veces me parece que la paradoja es el núcleo mismo de la realidad, si es que tiene alguno: si no ves la paradoja, es que no lo conoces lo suficiente, y todavía estás perdido en la ambivalencia de los opuestos. Esto, por supuesto, es una tesis en exploración.

Mientras escribo estas líneas surge el deseo de que estas palabras cobren sentido y, del deseo, emerge el miedo. Me arraigo en el cuerpo. En su peso, en la estabilidad de la cadera, en el impulso de la respiración. A veces oigo, en el cuerpo, una vocecilla escondida, que habla cuando escuchas sin juicios, y que puede costar discernir. A menudo me lleva a lo sencillo: el valor enorme de un paseo o de retozar con mis hijos, de compartir conversaciones irrelevantes con la relevancia del intercambio mutuo y la conexión.

Mis ojos se pierden en la madreselva que veo tras mi ventana, y que llena el patio, en la noche, de un aroma intenso, que fue sueño durante años, y que ahora es denso, palpable, embriagador.

Durante años, un sueño. La paciencia me ha dado los mejores frutos, aquellos que dan sentido a mi día a día. En unos tiempos marcados por la impaciencia, las prisas, el quererlo todo, y quererlo ya, habitar con calma este momento es mucho más que un discurso o una receta vacía. Es un aprendizaje, un educarnos a nosotros mismos, como lo hacemos con nuestros hijos: despacio, poco a poco, con afecto, consciencia, en ocasiones, de la propia incapacidad, que no es una lacra, sino una parte de esto de ser humanos, y el convencimiento de que parte del trabajo es repetir lo mismo quinientas (mil) veces.

La paciencia implica abrazar la cara oscura, además de la luminosa. Y esto es extraordinariamente difícil: la oscuridad es áspera, desagradable, y el cuerpo sólo quiere correr. Pero no hay otra salida, más que la de abrazar al monstruo, recorrer con los dedos sus pliegues, sus recovecos, su aspereza, para, finalmente, dar un paso atrás y ver la luz y ver la sombra, y darse cuenta de que son parte de lo mismo, de que son lo mismo en realidad. Inseparables, al menos, como la transparencia de la clara y la opacidad espesa de la yema. ¿Puedes escindirlos? Sí, pero entonces ya no son esa unidad. Lo tomas entero, o te pierdes lo mejor.

Así son las cosas, o así las veo (en este preciso instante).

Foto: Javier A. Bedrina

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