Extrañamiento, escritura y decisiones (en tiempos del coronavirus)

¿De dónde nace la escritura? Escribir, en cierto modo, es ver, y plasmar sobre el papel —o la pantalla, tanto da—, aquello que nuestros sentidos pudieron captar desde el asombro. La escritura, así, surge de la propia observación y, en gran medida, del extrañamiento. Por eso, no pocos escritores se han acercado a estados alterados de conciencia como modo de adentrarse en la realidad con los ojos anonadados de quien pisa por primera vez una dimensión inexplorada.

Por eso, también, otros se han centrado en la expresión de sentimientos desbordados, por lo delirante, por lo ajeno al día a día, que se puede antojar romo cuando caminamos adormecidos por una rutina que nos devora, hasta dejarnos sin una pizca de aquello que únicamente nos pertenece: el tiempo, limitado y, a la vez, inmenso, cuando nos atrevemos a sumergirnos sin medias tintas en la pasión que completa un único instante, que vivimos como eterno.

El extrañamiento —quién nos lo iba a decir— es la nueva normalidad. Hasta hace bien poco vivíamos nuestro privilegio ajenos a la posibilidad de que, un día, la catástrofe podía tocar también a nuestra puerta de manera colectiva, y además, abrupta. Qué ironía, además, que haya sido un virus, apenas un retazo de material genético al límite entre la vida y la muerte, el que haya logrado poner en jaque a buena parte de la humanidad.

Si algo compartimos ahora es, me parece, el extrañamiento o, dicho de otro modo, el asombro. Un estado al que podíamos llegar, hasta hace bien poco, con una buena dosis de observación, una cierta quietud, una intención de penetrar en la cotidianidad yendo más allá de la rutina, del día de la marmota, del “Esto no es una manzana” que representó de manera genial Magritte.

La vida discurre ahora entre una normalidad casera cuyas cualidades, apuesto, hará más grandes el confinamiento —si tu vida era agradable, lo será más; si la convivencia era difícil, será peor; si había cuestiones pendientes, es el momento de afrontar—; y el eco del terror que, sabemos, va avanzando ahí afuera. Y que, en cualquier momento, puede irrumpir en nuestro hogar.

Procuro que la información no devenga en infoxicación, pero he visto hasta ahora dos tendencias: la solidaria, que busca conexión y, de manera altruista, está sacando lo mejor de muchos; y la del miedo, que acapara recursos de manera egoísta, excesiva y sin sentido. Parece que la primera es, con mucho, mayoritaria, y me siento orgullosa de la respuesta de muchas personas de este país para atender a los afectados y contener la pandemia a límites socialmente tolerables. Pero no olvidemos que el miedo es otro virus, susceptible por tanto de extenderse, hasta matar al hospedador.

La vida, imparable, sigue su curso, pero la loca carrera humana hacia ninguna parte parece haberse detenido. Se diría que las agujas del reloj no avanzan, sino para indicarnos una fecha: el fin del confinamiento, el regreso a una normalidad que, me temo, nunca volverá. El mundo será muy otro después de la epidemia de este virus coronado.

Aun así, volveremos a disfrutar de las tardes juntos, de los abrazos, de dejar pasar el tiempo en el placer de verse acunados por el contacto con los otros, no solo los más cercanos, sino también, aquellas personas queridas, fuera de nuestras casas, a las que extrañamos ahora. Volverá, por tanto, la sensación de normalidad. A la vez, esto es un toque, un aviso, de que en cualquier momento todo aquello que damos por sentado se puede resquebrajar. Y que el bienestar, que tanto costó construir a generaciones anteriores, se puede desvanecer.

La pandemia es también, por supuesto, una oportunidad: para darnos cuenta de nuestra fragilidad y, paradójicamente, de nuestra fortaleza, que no es sino la de avanzar juntos, cuidando del bienestar de todos y de este planeta que nos sostiene. Esta pandemia, como toda crisis, puede ser un punto de inflexión —uno más— en el que elegir el modelo que, como sociedad, aspiramos a desarrollar. El mundo ya no será el mismo después de esta pandemia. La cuestión es qué rumbo elegimos tomar: el de la solidaridad y la búsqueda del bienestar de todos, o el del miedo y el sálvese quien pueda, sin mirar más allá. Las decisiones colectivas no dejan de ser la suma de las de cada individuo. Así, todos tenemos nuestra parte de responsabilidad. Por tanto, una pregunta pertinente bien puede ser: y tú, en la medida de tus posibilidades, ¿qué camino es el que vas a tomar?

Imagen: Yuri Samoilov

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