Avanzar en la incertidumbre

Sobre rumbo, objetivos y apertura a la grieta (por donde entra la luz)

Nos debatimos, a menudo, entre el deseo y la necesidad de danzar con aquello que la vida nos trae. El deseo, reconvertido en ansia, surge con frecuencia, máxime en una cultura que fomenta la voracidad.

¿Podemos alcanzar nuestros sueños? Lo cierto es que no lo sabemos. Esa es la incertidumbre, las tinieblas en las que nos movemos todos. Lo que sí está claro es que, al dar un paso más en esa dirección, una corriente de alegría, o placer si quieres, recorre el cuerpo. Ésa es la guía, la brújula que indica el camino a seguir.

Direcciones que empujar, y otras que tiran de ti (push/pull)

¿Cuál es nuestro rumbo? Distingo entre objetivos que tratas de alcanzar (o empujar, push) y la dirección que te arrastra, que tira de ti (pull). Los primeros cuestan esfuerzo, son rígidos, y se corresponden con un ideal de quien pensamos que deberíamos ser.

Los segundos son sencillos, conectan con el entusiasmo y, en el fondo, no tienes la menor idea de a dónde te llevarán. ¿Podemos equilibrar la locura de seguir esa dirección con el cuidado necesario de nosotros mismos y de los nuestros, combinar el cielo con la tierra, en cierto modo? Ése es el reto.

Se trata de avanzar con atención a las necesidades y posibilidades de cada momento, una actitud respetuosa que, ademas, es eficaz en el medio y largo recorrido —el que realmente importa—. ¿Cuántas veces caminamos, o al menos lo intentamos, sin respetar nuestras tendencias, circunstancias o condicionamientos?

Hacemos lo posible por forzar la máquina en un intento vano de acercarnos a un ideal que hemos dibujado con brochazos de otros que, consideramos, alcanzaron el éxito —un concepto vacío, en tanto en cuanto el éxito externo puede tener que ver, o no, con el interno—. Y la máquina aguanta, hasta que un día se quiebra. Y a través de la grieta, ya sabes, es por donde entra la luz, como decía el maestro Cohen.

“Toca las campanas que aún puedan sonar, olvida tu ofrenda perfecta.

Hay una grieta en todo, así es como entra la luz”

— Leonard Cohen

Pero ojo, no entra la luz como cuando se pulsa un interruptor. No es así. La naturaleza necesita actitud e intensidad para arrojar sus frutos. Actitud, esto es: apertura, calidez, investigación. ¿Eres capaz de observar la grieta con amabilidad, desde la comprensión de los infinitos hilos que han contribuido a la fractura? ¿Puedes arrojar afecto al dolor, la imperfección, la fealdad aparente —tras la que se esconde, espléndida, la belleza de una naturaleza que es absoluto caos y, a la vez, el más perfecto de los órdenes—?

¿Y qué hay de la intensidad? En la observación de aquello que, bajo nuestra perspectiva, no debería ser, se encuentra esa parte de nosotros que se ha quebrado. Una suerte de desgajarse, desmembrarse, difícil de soportar. Porque implica renunciar a una imagen construida de nosotros mismos que pulverizamos como si, súbitamente, nos diéramos cuenta de que tan sólo era uno de los espejos deformantes de Valle-Inclán. Y esa destrucción aparente es dolorosa. Es, al fin y al cabo, puro afrontamiento que te rompe por dentro, al menos —y ésta es la clave— de manera momentánea.

Porque luego vienen las buenas noticias: tras ese tsunami emocional acude una placidez más duradera. Un bienestar que no es sólo remanso de calma, ojo del huracán, balsa de aceite en mitad del océano, sino que, más bien, es un bailar con la vida, adentrarnos en la corriente, salir de nosotros mismos y tomar lo que se nos ofrece.

¿No es aquella imagen rígida que poblaba nuestros sueños? No, y no pasa nada. Es mucho más, porque es una fusión entre lo de dentro y lo de fuera, entre la belleza y la fealdad o, en suma: crianza, herencia, ambiente, cultura, circunstancias históricas… acogiendo, también, la “imperfección”, que no es sino la parte de nosotros que no cuadra con esa imagen platónica, puro fantasma que sólo habita en la mente.

En una ocasión, en plena práctica de caminar con atención plena, mis pasos me llevaron a un pequeño bosque de bambú, ¡tan perfecto! Cuál fue mi sorpresa al acercarme y observar cómo las puntas de sus hojas se quebraban y tornaban marrones, ya resecas. En el suelo, además, yacían los restos de los bambúes que ya no eran.

Fui testigo, una vez más, de que la perfección no es más que una idea, y que la vida es revoltijo, desorden, tentativas que a veces fructifican, objeto de admiración, y fracasos aparentes, que no son sino las formas en las que la vida se abre paso. A la vez, percibí un alivio, porque todo estaba bien así, no era un “fallo del sistema” sino, más bien, un rasgo intrínseco del mismo.

Otro caminante que me acompañaba comentó cómo tuvo la sensación de que su atención le llevaba hacia una ventana que se atisbaba a lo lejos. Entre la ventana y él, había una piscina, un seto, una calle… Era virtualmente imposible alcanzarla, al menos en este paseo. Bromeamos sobre ello, y comentamos cómo, quizá, esos objetivos, que parecen inalcanzables, no son sino el rumbo que nos permite avanzar en la dirección más adecuada, al menos en este momento.

La rigidez en los objetivos es causa segura de malestar y sufrimiento. Aferrarnos a ellos, un sinsentido. ¿Y si la vista nos la ha jugado y en realidad avanzamos hacia una ventana en la lejanía, más que hacia un pequeño bosque al alcance de los dedos? ¿Y si lo tomamos, simplemente, como un rumbo a seguir? De pronto, el cuerpo se relaja y surge la sonrisa. La tensión desaparece y nos permitimos centrar nuestra atención en cada paso. Y disfrutamos el viaje. ¿Acaso hay algo que importe más?

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